viernes, 11 de septiembre de 2009

La foto que no mostré y que relato.

No se donde fui, ni se donde me llevaron, pero me estremeció y sé que siempre permanecerá en mi recuerdo.

El camino era cada vez mas estrecho. Pasamos las generosas higueras a la izquierda, y los bellos prados floridos a la derecha.
Pasamos los muros al borde de la carretera y los secaderos de frutas.


Llegamos a la viejísima casa de la abuela y allí, justo allí sin verse, enfrente de la casa, una vereda.

A modo de adoquines negros el sendero y el patio. Allí sacamos la merienda.
El resto del camino a pie rodeados de huertos antiguos y abandonados cultivos, entre los liquenes y piedras.
Todo fantástico hasta llegar a las escaleras.
Allí el profundo precipicio vertical y en su fondo las salinas y las playas. Allí el mar. Allí el río y la Graciosa. Allí un nuevo Lanzarote en toda su belleza y esplendor.

A nuestro lado los piares de los pájaros y las conversaciones de los amigos, los olores de lavanda y la tortilla de patatas, sardinas escabechadas y como no champaña.

Juntos por breves momentos viendo la puerta de sol. Oyendo los recuerdos de cuando los abuelos iban a mariscar y a por sal. Observando la desaparecida existencia del motivo y la colonización turística de la Graciosa. Imaginando la delicia de los años pasados en sus bellísimas y transparentes aguas.

Al despedirnos todo cobró vida y pudimos ver conejos saltando y escabulléndose por las laderas.
juana luengo

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